El globo de los hermanos Montgolfier

Blog de opinión orientado a los inconformistas. ¡¡Vivan los hermanos Montgolfier!!

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Lugar: Úbeda, Jaén, Spain

En los momentos de depresión, piensa que aquella noche fuiste el espermatozoide mas veloz, el único de miles de millones que llegó a la meta. Has nacido para triunfar, puesto que triunfaste para nacer.

IBSN: 26-04-04-2002

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sábado, enero 20, 2007

Instantes finales XIX: El Escritor

Ahora que espero la muerte, que ningún interés mundano me obliga a fingir, que nadie puede acallar la verdad, escribo estos últimos pensamientos, estas mis últimas palabras destinadas a quien quiera y pueda leerme.

Se que a lo largo de mi intensa vida he cometido muchos crímenes; he mentido, he delatado, me he sometido a los que ostentan el poder. No he sido fiel a mis principios, ni me he arrepentido de ello, pecado aún más grave que el primero, peor en este último aliento que trato de acusar públicamente a aquellos que me llevaron a esta celda, a los que me llevarán mañana a la muerte, aquellos que con las armas en sus manos se imponen a los que no las queremos usar, aquellos que sólo piensan en su propio bienestar sin preocuparles los que estamos bajo sus alas, aquellos que se nombran a si mismos defensores de la Justicia.

No lamento mis días de fama y riqueza, pero sí me maldigo por haberme arrodillado ante tanto brillo, y siento la desesperada necesidad de tachar todo cuanto he hecho con esta última carta, y también deseo que esto pueda mover a los hombres a rebelarse contra la tiranía, y que consigan derribar uno tras otro los pilares de este absurdo presente, para construir un futuro sin hambre, sin muerte, sin oro, sin llanto, sin miedo. Cantaría alegre si supiera que una sola persona ha leído mi ruego, aunque fuese uno de mis carceleros, o de mis verdugos, porque sé que conseguiría atravesar su concha y llegar hasta su humanidad, por muy bien enterrada que la tuviese.

Yo fui un afamado escritor leído por multitudes, pero mi gran error fue escribir lo que me dictaban los poderosos. Poema tras poema, libro tras libro, le contaba al pueblo mentiras sobre lo que realmente ocurría en nuestro país. Así, aún sabiendo la injusticia reinante, hablaba de lo buenas que eran las leyes, y tantas otras cosas que veía, las contaba al revés de como eran realmente. Esta fue la clave de mi fama, y mi pecado, no haber utilizado esta fama para abrir los ojos al pueblo e incitarlo a la revolución.

Fui condenado por unos textos que catalogaron de inmorales, y ahora me maldigo al no haber sido condenado por algo que hubiese valido la pena. Me entristece que este último intento no tenga posibilidades de éxito y sé que si lo hubiese escrito antes, en el auge de mi éxito, habría levantado a los oprimidos, pero dudo que nadie crea ahora en mis palabras, si las llegase a leer. Sirva mi inminente muerte como prueba de mi sinceridad y sirva también como espuela para aquel que me lea.

Ruego a Dios y a los hombres de corazón que me perdonen, y ruego también para que estas palabras lleguen a alguien. Hasta pronto.

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miércoles, noviembre 29, 2006

Instantes finales VIII. El joven guerrero

Amanecía. Lentamente, pausadamente. La vida comenzaba a despertar en el valle. Comenzaban a abrir sus bocas las flores, comenzaban a cantar las aves, comenzaba la caza el zorro. El joven guerrero sentía la vida en su corazón, mientras observaba el milagro de un amanecer. Su objetivo le absorbía, su valor crecía y su mente buscaba, buscaba, buscaba, buscaba...

Había recorrido muchas tierras, conocido a mucha gente y todos le decían lo mismo: Cuídate del gigante Kafoideo. Aléjate de la cueva oscura. No traspases el valle del olvido... No hizo caso, y su alma aventurera se adentró más y más en tierras extrañas en busca de la muerte.

A su alrededor se oscureció todo. Unas tinieblas lo envolvieron todo, cuando acababa de amanecer. Allí estaba Kafoideo. Tan grande como una montaña, tan terrible como un huracán, tan fuerte como un roble. Grande, inmenso. En su mano alzaba el bastón que acabaría con el viaje del joven guerrero. Este sacó de su carcaj una flecha, cuya punta estaba untada de la mortal cicuta. El dardo mortífero surcó los cielos, subió alto y atravesó al gigante en medio de su pecho, más grande que todo el valle. Kafoideo, herido de muerte calló, aplastando en su caída al joven valiente que le había enviado el mensaje de la muerte.

La lluvia lo cubrió todo y lavó la sangre que manchaba el hermoso valle, y en el lugar donde había muerto aquel joven, permaneció convertida en dura roca, la prueba eterna de su victoria, la estatua caída del gigante Kafoideo.



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sábado, noviembre 18, 2006

Instantes finales VII. El marino

El sol emerge llenando la clara superficie de un sinfín de coloreados y luminosos destellos. Sólo se oye el suave y eterno rumor del mar y el siseo del barco. Ante los ojos del anciano marino aparece, como una enorme ola verde, La Isla Sin Nombre. La isla ansiada y buscada, pero jamás encontrada. En su mente, su juventud, su adolescencia, su madurez y su vejez. Toda una vida ansiando el momento, y el momento llegó.

El sol, temblando temeroso, se alza en el azul esparcido del cielo y baña el viejo rostro, sus cicatrices, sus arrugas, su vejez. La verde masa de tierra se eleva poco a poco, como emergiendo en una árida llanura, transparente y luminosa. El viejo levanta las manos, los brazos, el cuerpo entero, su espíritu. Un torrente de órdenes se dispersa a su alrededor, y entonces, sólo entonces, el barco detiene su marcha. Más gritos, más órdenes. Cuerpos trabajando con precisión y rapidez, pero incansables. Y después del trabajo, silencio y esperas. El marino los mira, y ellos le miran, pero antes de que nadie piense, de la isla comienzan a brotar destellos. Un torbellino de luces, de colores, de magnificencia, surge poderoso y se alza como una eterna espiral en dirección al cielo, y de ella un enorme rostro aparece y los mira. Todos observan maravillados el prodigio. En sus corazones una fuerza comienza a expandirse e invadir todas y cada una de sus almas. No se resisten, ni gritan. Uno a uno caen muertos, pero no existe en ellos temor, ni pena, sólo placer. Placer infinito. El anciano es el último en caer. En su cara brilla una sonrisa de inmensa satisfacción. Ha muerto, sí, pero ha muerto mirando a Dios a los ojos.

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lunes, noviembre 06, 2006

El pequeño Dios

(Relato anterior a los Instantes finales)

El pequeño Dios subió a la cima de la gran montaña y cuando llegó al borde del precipicio observó largamente todo cuanto su vista alcanzaba. El pequeño Dios sólo tenía un ojo con el que no veía demasiado, el otro lo tenía seco.

El pequeño Dios bostezó y dejó a la vista su roja encía, donde se podían apreciar purulentas llagas sangrantes y tres dientes podridos que hacían que su aspecto pareciera aún más repulsivo. Tenía la cabeza cubierta por una larga mata de algo que en otro tiempo había sido pelo, pero ahora sólo parecía un racimo de algas negras, babeantes, donde se destacaban calvas tan grandes como su único ojo.

El pequeño Dios tenía un muñón quemado en vez de mano derecha y cojeaba ligeramente. Iba totalmente desnudo, dejaba a la vista un negro hueco donde antes estaban los genitales y una prominente joroba que le obligaba a inclinarse ligeramente a un lado. Esto, junto con la cojera, le daba al andar una gracia majestuosa digna de un Dios, de un pequeño Dios.

Sólo había algo que Él no dominaba, era ese intenso dolor que le roía las tripas, como si fuesen un nido de voraces cucarachas, los únicos súbditos del pequeño Dios, y su alimento.

El pequeño Dios dormía en el centro del lago, para evitar ser devorado por los fértiles y hambrientos insectos, que no cubrían la tierra porque se devoraban unos a otros. Él se sentía satisfecho por esto. Como se decía a sí mismo: “Ellas tan solo imitan a su Dios”. La balsa en la que dormía estaba hecha de viejos trozos de madera que había recogido de una población cercana, tan muerta como la tierra.

El pequeño Dios, tras sonreír levemente, alzó su aguda voz para decir solemnemente:

“Escuchadme mis súbditos, escuchadme divinidades, escuchadme todos. No me siento contento con vuestro comportamiento, yo, el Dios de todo lo vivo y todo lo muerto. Yo soy el más grande Dios de esta fértil tierra que os da alimento para que podáis crecer y multiplicaros”.

“Yo soy el que os permite vivir con mi infinita generosidad y el que os ha creado, y yo, Dios de vuestros antepasados, he decidido que mi obra ya está hecha y me siento benevolente ante vuestros continuos pecados, por lo que no os aniquilaré de la faz del planeta, sino que os lo dejaré para que lo pobléis y creéis pueblos, naciones, y para que viváis en paz los unos con los otros”.

“Ahora es el momento en que debo partir y dejaros ser libres, siempre claro está, bajo mi mirada protectora. Y no temáis, os vigilaré y velaré por vosotros desde mi trono en el cielo. Levantad un templo en mi honor en este mismo lugar donde inicio mi ascensión”.

Dicho esto, el pequeño Dios extendió sus brazos, todo lo que sus malformaciones le permitían hacerlo, y con la mirada fija en el cielo gris saltó al vacío...

Las cucarachas, los ya únicos pobladores de la tierra, celebraron un día de acción de gracias al pequeño Dios por el festín que se dieron aquella mañana, y al atardecer, del cadáver sólo quedaron los huesos podridos y rotos, que con el paso del tiempo desaparecieron junto con la memoria del pequeño Dios.

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